Desde lo más profundo de la recóndita alma, Geeke redime sus pecados bebiendo del vino que le ofrece la tonta Nees mientras se chupa el dedo índice con aire provocativo.
Geeke la mira con melancolía, Nees, aquella que una vez fue Nat, o Drest o Mila, pero sobre todo, todas ellas fueron Dist. Y acaso Dist había existido alguna vez tal como Geeke la pensaba.
Ya no encontraba nada nuevo en matar. Ni siquiera el olor de la sangre o el sudor lo animaba. Demasiadas muertes pesaban sobre sus hombros y el alivio no llegaba ya a la mañana.
Como una droga o como el vino, la muerte lo sedaba, lo enamoraba, lo enloquecía a Geeke. Hasta que no hubo más muertes que lo saciaran, por más truculentas que ellas fueran.
Por eso se sentaba frente a la barra de la tonta Nees a beber el vino que le ofrecía. Por eso Geeke buscaba en Nees (Nat, Drest o Mila, que eran todas ellas Dist), el vino redentor.
O acaso buscaba el dedo índice que la tonta Nees se chupaba con aire provocativo. De todos modos, eran pensamientos casi circulares, los de Geeke, mientras tomaba el vino.